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Las mujeres en situación de vulnerabilidad señalan el empleo y el apoyo psicológico como las dos grandes palancas para salir adelante; sin embargo, solo el 30% confía en encontrar un trabajo sostenible en 2026

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El Observatorio de la Vulnerabilidad y el Empleo de la Fundación Adecco, con la colaboración de 16 empresas, presenta el 13º informe #EmpleoParaTodas: la mujer en riesgo de exclusión en el mercado laboral. Su objetivo es ofrecer una fotografía de las barreras que afrontan las mujeres en situación de vulnerabilidad en su relación con el mercado laboral, reconociendo que estas dificultades se manifiestan de forma diversa según las circunstancias personales y vitales de cada una

Con motivo del Día Internacional de la Mujer (8 de marzo), el Observatorio de la Vulnerabilidad y el Empleo de la Fundación Adecco, con la colaboración de 16 empresas, presenta el 13º informe #EmpleoParaTodas: la mujer en riesgo de exclusión en el mercado laboral. El estudio se basa en el análisis de una encuesta realizada a 450 mujeres en búsqueda activa de empleo que se encuentran en situación de vulnerabilidad social. En concreto, han participado mujeres pertenecientes a uno o varios de los siguientes grupos: con discapacidad, mayores de 45 años desempleadas de larga duración, con responsabilidades familiares no compartidas (monoparentalidad) y/o víctimas de la violencia de género. 

Además, el informe se ha complementado y contextualizado con los datos del 15º informe AROPE sobre el Estado de la Pobreza (EAPN), así como con otras fuentes oficiales como el INE y su Encuesta de Población Activa.

El objetivo de este análisis es ofrecer una fotografía de las barreras que afrontan las mujeres en situación de vulnerabilidad en su relación con el mercado laboral, reconociendo que estas dificultades se manifiestan de forma diversa según las circunstancias personales y vitales de cada una. En este sentido, resulta fundamental adoptar una perspectiva interseccional, ya que en una misma mujer pueden confluir simultáneamente una o varias situaciones de vulnerabilidad -como la edad, la discapacidad, las responsabilidades familiares no compartidas o la experiencia de violencia de género-, lo que genera efectos acumulativos que intensifican las dificultades de inclusión sociolaboral.

En coherencia con este enfoque, el presente informe no persigue establecer comparaciones jerárquicas ni rankings entre los distintos perfiles analizados (discapacidad, sénior, violencia de género o monoparentalidad) en función de sus mayores o menores dificultades de acceso al empleo, sino visibilizar cómo la presencia y/o interacción de distintos factores de vulnerabilidad condiciona el acceso al empleo y requiere respuestas integrales y adaptadas a cada situación.

Cifras de exclusión social en España
Las mujeres mantienen, en términos generales, una relación más frágil y discontinua con el mercado laboral, tal y como reflejan de forma consistente los principales indicadores de empleo. En primer lugar, la tasa de actividad femenina continúa situándose diez puntos porcentuales por debajo de la masculina (54% frente al 64%), lo que implica que casi la mitad de las mujeres en edad laboral (46%) no tiene empleo ni lo está buscando, frente al 36% de los hombres.

Asimismo, las mujeres representan el 53% de las personas desempleadas en España, es decir, más de la mitad de la fuerza laboral disponible es femenina. Sin embargo, esta sobrerrepresentación en el desempleo contrasta con su menor presencia entre la población ocupada, donde solo el 46% de las personas con empleo son mujeres

Esta relación más inestable con el empleo tiene una clara consecuencia: un mayor riesgo de pobreza y/o exclusión social.  Así, en España, el 25,8% de la población -en torno a 12,5 millones de personas- se encuentra en riesgo de pobreza y/o exclusión social, según el 15º informe AROPE sobre el Estado de la pobreza en España. Esta proporción es más elevada entre las mujeres, alcanzando el 26,8%, frente al 24,8% en el caso de los hombres, lo que se traduce en 6,6 millones de mujeres y 5,9 millones de hombres en situación de vulnerabilidad social.

No obstante, y como se explica en el propio informe AROPE, la diferencia de género que refleja este indicador debe interpretarse con cautela, ya que la metodología utilizada no mide ingresos individuales, sino la situación económica del hogar como unidad. Es decir, si un hogar está en riesgo de pobreza y/o exclusión social, todas las personas que viven en ese hogar se consideran en la misma situación. Un enfoque que puede ocultar desigualdades internas, sin captar plenamente las condiciones de vulnerabilidad específicas que afrontan las mujeres. Por ello, las cifras disponibles ofrecen una aproximación a la brecha de género en la pobreza y la exclusión social, pero su alcance real se estima significativamente mayor.

Según Begoña Bravo, directora de Inclusión de la Fundación Adecco: «Las mujeres soportan un mayor riesgo de pobreza y exclusión social como resultado de desigualdades estructurales estrechamente vinculadas al mercado laboral. Sus mayores tasas de desempleo, su concentración en trabajos a tiempo parcial o con menor remuneración, junto con trayectorias laborales más interrumpidas por la asunción mayoritaria de responsabilidades de cuidado, reduce su capacidad de generar ingresos estables y derechos de protección social. A ello se suma una mayor exposición a situaciones de vulnerabilidad como la monoparentalidad o la violencia de género. Estas circunstancias limitan la autonomía económica de las mujeres, situándolas en una posición de mayor fragilidad frente al riesgo de pobreza y exclusión social, especialmente en contextos de desempleo o crisis económica, donde acostumbran a convertirse en víctimas dobles».

El empleo encabeza el ranking de los factores de inclusión social
La presente encuesta ha analizado cuáles son los elementos que, desde la perspectiva de las propias mujeres en situación de vulnerabilidad, resultan más determinantes para mejorar su calidad de vida, reducir su riesgo de exclusión social y aproximar sus condiciones de vida a las de la población general.

Los resultados son contundentes: el empleo se identifica de forma prácticamente unánime como el principal factor de inclusión social, mencionado por el 95% de las mujeres encuestadas. Este resultado refleja el carácter transversal del trabajo como palanca de inclusión, al favorecer la autonomía económica, reforzar la autoestima, mejorar la estabilidad y ampliar las redes sociales y profesionales. En segundo lugar, el 55% de las mujeres señala el apoyo psicológico como un recurso clave. Este apoyo se valora especialmente por su contribución a la recuperación del equilibrio emocional, al fortalecimiento de la autoestima y a la mejora del bienestar general, aspectos que inciden de manera directa en la capacidad de tomar decisiones y participar activamente en la vida social.

En tercer lugar, el 44% destaca la importancia del acceso a una vivienda digna, identificándolo como un elemento esencial para ganar estabilidad y reducir la situación de vulnerabilidad. Por detrás, el 25% subraya la formación como una herramienta fundamental para mejorar la autonomía personal y las oportunidades de empleo, mientras que el 20% considera que el fortalecimiento de las redes sociales y de apoyo facilitaría su proceso de inclusión.

TOP 5 FACTORES DE INCLUSIÓN SOCIAL SEGÚN MUJERES (Fuente: Encuesta Observatorio de la Vulnerabilidad y el Empleo Fundación Adecco 2026)
Acceder a un empleo: 95%
Apoyo psicológico o emocional: 55%
Acceso a una vivienda digna: 44%
Formación para mejorar autonomía y empleabilidad: 25%
Fortalecimiento redes sociales: 20%

«El empleo se configura como el principal elemento en el que las mujeres en situación de vulnerabilidad depositan su confianza. Al reforzar la autonomía personal y económica, el acceso a un trabajo facilita la conexión con otros recursos esenciales como la vivienda o la formación. No obstante, resulta imprescindible introducir un matiz: no cualquier empleo garantiza la inclusión: es fundamental que el trabajo sea adecuado a las necesidades y expectativas de las mujeres, con condiciones laborales seguras y entornos que permitan la conciliación de la vida laboral y familiar. Solo así las mujeres en situación de vulnerabilidad podrán desarrollar un proyecto de vida autónomo, acceder a una vivienda digna y participar plenamente en la vida social», expresa Begoña Bravo, directora de Inclusión de la Fundación Adecco.

La confianza laboral, en mínimos: solo 3 de cada 10 vislumbra un empleo sostenible
A pesar de que las mujeres en situación de vulnerabilidad identifican el empleo como la principal palanca de inclusión social, esta percepción contrasta con unas expectativas laborales notablemente bajas. Así, su confianza en el futuro profesional es reducida: solo el 30% considera que encontrará un empleo sostenible a lo largo del presente año, lo que refleja un escenario generalizado de incertidumbre y bajas expectativas laborales.

Esta falta de confianza se acentúa de forma significativa en determinados perfiles. Entre las mujeres mayores de 45 años en desempleo de larga duración, únicamente el 25% confía en acceder a un trabajo sostenible en 2026, evidenciando el fuerte impacto del desempleo prolongado y de las dificultades de reincorporación al mercado laboral en esta etapa vital. En el caso de las mujeres con discapacidad, la confianza también es baja y se sitúa en el 27%, lo que pone de manifiesto la persistencia de barreras intrínsecas (desconocimiento, desorientación, etc.) y extrínsecas (prejuicios, estereotipos, etc.) que limitan la percepción de oportunidades reales de empleo.

Por su parte, las mujeres con responsabilidades familiares no compartidas y/o víctimas de violencia de género presentan niveles de confianza algo más elevados, aunque igualmente limitados, alcanzando en ambos casos el 33%. Esta confianza algo superior (aunque igualmente baja) puede estar relacionada con trayectorias laborales más recientes o con una mayor expectativa de activación, si bien no elimina la sensación de fragilidad e inestabilidad que caracteriza sus perspectivas profesionales.

«La baja confianza laboral es especialmente acusada entre las mujeres sénior y responde a la acumulación de barreras estructurales a lo largo de sus trayectorias laborales. En primer lugar, el edadismo laboral puede traducirse en mayores dificultades de acceso a los procesos de selección y en una percepción de exclusión persistente. A ello se suma, en muchos casos, la falta de recursos para la búsqueda de empleo, el desconocimiento del mercado laboral actual, la brecha digital o el impacto emocional asociado a periodos prolongados sin trabajo», explica Begoña Bravo, directora de Inclusión de la Fundación Adecco. Lo preocupante, añade, es que  «todas ellas, antes o después, alcanzarán la etapa sénior. Incrementar la confianza de las mujeres en situación de vulnerabilidad de cualquier edad resulta clave para para prevenir el desánimo y la desconexión del mercado de trabajo en etapas más avanzadas».

Esta baja confianza laboral invita a la reflexión, ya que responde a un conjunto de causas interrelacionadas y genera efectos de amplio alcance. Entre los factores que la originan destaca, en primer lugar, la baja intensidad laboral, caracterizada por trayectorias profesionales breves, intermitentes o discontinuas que tienden a prolongarse en el tiempo, erosionando progresivamente las expectativas profesionales. A ello se suma, con frecuencia, la falta de familiaridad con en el mercado laboral actual y el manejo limitado de las herramientas digitales, lo que incrementa la sensación de desconexión y distanciamiento respecto al mercado de trabajo. Asimismo, la persistencia de prejuicios y estereotipos actúa como un factor adicional que refuerza la pérdida de confianza.

Estos factores se ven agravados por la falta de acompañamiento y de apoyos profesionales adecuados, lo que pone de relieve la necesidad de impulsar itinerarios de apoyo individualizado orientados a fortalecer la autoestima profesional y facilitar procesos de reincorporación al empleo que sean realistas, sostenibles y ajustados a las circunstancias de cada mujer.

Por otra parte, entre las principales consecuencias de esta baja confianza laboral destacan, por un lado, las dificultades económicas, que incrementan el riesgo de pobreza y exclusión social, y, por otro, una mayor exposición a problemas de salud mental, configurando un círculo de vulnerabilidad difícil de revertir.

Trabajar menos del 20% del tiempo: la realidad de casi la mitad de las mujeres en situación de vulnerabilidad
La baja intensidad laboral constituye un rasgo común entre todas las mujeres en situación de vulnerabilidad, reflejando una relación frágil y discontinua con el mercado de trabajo. En concreto, cerca de la mitad de las mujeres encuestadas (47,6%) ha trabajado por debajo del 20% de su capacidad en los dos últimos años, lo que equivale a haber trabajado menos de cinco meses en dicho periodo.

Esta relación frágil y discontinua con el empleo está asociada a una combinación de factores que se refuerzan entre sí.  En primer lugar, la formación. Cabe señalar que el 40% de las mujeres encuestadas no ha superado la educación obligatoria, una circunstancia que dificulta la adaptación a los requerimientos actuales del mercado laboral y actúa como un obstáculo adicional para acceder a un empleo sostenible. Por otra parte, las trayectorias laborales de muchas mujeres en situación de vulnerabilidad se ven interrumpidas, a menudo, como consecuencia de responsabilidades familiares no compartidas o de situaciones personales complejas, a lo que se suman experiencias previas de discriminación o rechazo que erosionan la autoestima profesional.

Así pues, todas las mujeres en situación de vulnerabilidad presentan, en mayor o menor medida, una baja intensidad laboral, si bien esta se manifiesta con especial intensidad en determinados perfiles. Entre las mujeres con discapacidad, el porcentaje asciende al 55%, y entre las mujeres mayores de 45 años alcanza el 51%. Por otra parte, la baja intensidad laboral es algo menos acusada entre las mujeres con responsabilidades familiares no compartidas (47,5%) y las víctimas de violencia de género (42,5%), lo que apunta a una vinculación previa más cercana al empleo, aunque no exenta de dificultades e inestabilidad.

En el caso de las mujeres con discapacidad, la baja intensidad laboral responde, principalmente, a la escasez de oportunidades profesionales compatibles con sus necesidades. A pesar de que muchas cuentan con capacidades y motivación para trabajar, factores como la persistencia de prejuicios sociales, la ausencia de conocimiento y/o falta de hoja de ruta para afrontar la búsqueda de trabajo dan lugar a trayectorias laborales fragmentadas.

En lo que respecta a las mujeres mayores de 45 años, la baja intensidad laboral está estrechamente vinculada a las dificultades de reincorporación al mercado de trabajo tras periodos de desempleo prolongado. Sus oportunidades laborales tienden a reducirse, especialmente en sectores con alta rotación o con un fuerte componente digital. La rápida transformación de los perfiles demandados, junto con la persistencia de prejuicios y estereotipos que asocian a las personas sénior con obsolescencia, favorecen procesos de desconexión con el empleo.

Pero más allá de sus causas, la baja intensidad laboral encuentra su máxima expresión en la cronificación del desempleo, dificultando cada vez más la reincorporación al mercado de trabajo de forma sostenible. De hecho, las mujeres participantes en la encuesta presentan un desempleo de larga duración que supera, en todos los casos, el 40%. La cronificación del desempleo es más acusada entre las mujeres sénior (62% supera el año sin trabajo); seguidas de las mujeres con discapacidad (60%), las mujeres al frente de una familia monoparental (53,2%) y las víctimas de la violencia de género (45%).

Desconocimiento del mercado laboral y brecha digital como barreras de acceso
El desconocimiento del funcionamiento actual del mercado laboral y la brecha digital constituyen barreras estrechamente interrelacionadas que dificultan el acceso al empleo de las mujeres en situación de vulnerabilidad.

En este sentido, el 46% de las mujeres en riesgo de exclusión reconoce no estar familiarizada con el mercado laboral actual, un porcentaje que se incrementa hasta el 55% entre las mujeres con discapacidad y alcanza el 50% en el caso de las mujeres mayores de 45 años. Entre las mujeres con responsabilidades familiares no compartidas, el desconocimiento afecta al 40%, mientras que el 36% de las mujeres víctimas de violencia de género también manifiesta dificultades para comprender y desenvolverse en el mercado laboral. Este desconocimiento suele estar vinculado a trayectorias laborales fragmentadas, periodos prolongados de desconexión y cambios rápidos en sectores, perfiles y procesos de acceso al empleo.

Este menor grado de familiaridad se ve reforzado por la brecha digital, que actúa como un factor transversal de exclusión laboral en un contexto en el que la mayor parte de las oportunidades laborales se canalizan a través de entornos digitales. Así, 4 de cada 10 mujeres en situación de vulnerabilidad encuentra barreras para buscar empleo online. Por ejemplo, dificultades técnicas y de acceso (no disponer de conexión estable, ordenador o tablet), desconocimiento sobre cómo usar plataformas de empleo, dificultades de tiempo y conciliación (imposibilidad de asistir a formaciones digitales o tutorías en horarios compatibles), problemas de privacidad (control del correo o dispositivos tecnológicos en casos de violencia de género), etc.

La brecha digital presenta un patrón similar en los distintos perfiles de mujeres en situación de vulnerabilidad -mujeres con discapacidad, mayores de 45 años, con responsabilidades familiares no compartidas y víctimas de violencia de género-, con porcentajes que se sitúan en torno al 40% en todos los casos.

Prejuicios y estereotipos, un obstáculo estructural para el acceso al empleo
Como se señala, la mayoría de las mujeres en situación de vulnerabilidad (72%) identifica los prejuicios y estereotipos como una barrera importante para el acceso al empleo, si bien la intensidad de esta percepción varía en función del perfil. Las mujeres sénior son quienes señalan con mayor rotundidad el impacto de estos sesgos: el 88,7% considera que los prejuicios constituyen una de las principales barreras para acceder al mercado laboral, lo que pone de manifiesto que la percepción de edadismo laboral continúa afectando el proceso de inclusión laboral. Analfabetismo digital, competencias obsoletas o mayores costes laborales, son algunos de los principales prejuicios que tienen que afrontar las mujeres sénior.

Esta percepción también es elevada entre las mujeres con discapacidad, entre las que el 77,8% afirma que los prejuicios dificultan significativamente su acceso al empleo. Las dudas sobre su productividad, su capacidad de adaptación o la posibilidad de un mayor absentismo se encuentran entre los principales estereotipos a los que se enfrentan las mujeres con discapacidad en el mercado laboral.

A continuación, el 62,2% de las mujeres con responsabilidades familiares no compartidas comparte esta valoración, seguida del 55% de las mujeres víctimas de violencia de género. Las mujeres con responsabilidades familiares no compartidas suelen afrontar prejuicios que cuestionan su disponibilidad y compromiso, asociados a la sobrecarga de cuidados y a posibles ausencias o dificultades de conciliación. En el caso de las mujeres víctimas de violencia de género, persisten estigmas vinculados a una supuesta inestabilidad emocional, baja productividad o absentismo.

Más allá de las diferencias entre perfiles, el dato relevante es que, en todos los casos, más de la mitad de las mujeres considera que los prejuicios y estereotipos tienen un impacto negativo significativo en sus oportunidades laborales, lo que pone de manifiesto el carácter estructural de estos sesgos y su efecto transversal en los procesos de exclusión sociolaboral.

Consecuencias del desempleo: impacto económico y deterioro de la salud mental
La desconexión con el mercado laboral incrementa la exposición al riesgo de pobreza y exclusión social y, de hecho, las dificultades económicas están ampliamente extendidas entre las mujeres en situación de vulnerabilidad: el 86% afirma tener problemas para llegar a fin de mes, lo que evidencia una elevada exposición al riesgo de pobreza.

Entre las mujeres mayores de 45 años, el porcentaje se sitúa en el 80% y en el caso de las mujeres con discapacidad alcanza el 76%. La situación es especialmente crítica entre las mujeres con responsabilidades familiares no compartidas, donde el 98% declara dificultades para llegar a fin de mes, evidenciando una presión económica extrema derivada de la asunción en solitario de los gastos del hogar y de las cargas de cuidado. Asimismo, el 88% de las mujeres víctimas de violencia de género señala dificultades económicas, lo que confirma que la falta de empleo y de ingresos suficientes agrava procesos de vulnerabilidad previa y limita las posibilidades de autonomía personal.

El desempleo impacta en la salud mental del 80% de las mujeres en situación de vulnerabilidad
El desempleo tiene un impacto negativo en la salud mental de cualquier persona, al generar incertidumbre, estrés y pérdida de autoestima. Sin embargo, este impacto es especialmente intenso en las mujeres en situación de vulnerabilidad, ya que a la falta de empleo se suman otras barreras previas que amplifican el desgaste emocional. En efecto, el 80% afirma que el desempleo ha afectado a su salud mental.

Este impacto es aún más acusado en el caso de las mujeres con responsabilidades familiares no compartidas (87% ha visto afectada su salud mental), entre las que la presión económica, la sobrecarga de cuidados y la incertidumbre laboral intensifican el impacto emocional. Asimismo, el 86% de las mujeres víctimas de violencia de género señala que el desempleo ha afectado a su salud mental, traduciéndose en una merma significativa de la autoestima y la autoconfianza, así como en elevados niveles de ansiedad, incertidumbre e inseguridad respecto al futuro.

Entre las mujeres mayores de 45 años el porcentaje se sitúa en un 85%, reflejando el desgaste emocional asociado a periodos prolongados de desempleo y a la percepción de menores oportunidades de reincorporación laboral. Por último, entre las mujeres con discapacidad, el porcentaje alcanza el 65%, una cifra que refleja cómo el desempleo incide directamente en su salud emocional al reforzar sentimientos de aislamiento, pérdida de autonomía y desvalorización profesional.

A la luz de lo expuesto en el presente informe, una conclusión resulta evidente: acompañamiento individualizado y transversal es un factor decisivo para impulsar la inclusión laboral de las mujeres en situación de vulnerabilidad. Trayectorias marcadas por la inestabilidad, la baja intensidad laboral, la ausencia de redes de apoyo o el impacto de circunstancias personales y sociales complejas exigen respuestas integrales, adaptadas y sostenidas en el tiempo. Un enfoque que acompaña a la mujer a lo largo de todo su itinerario profesional, desde la orientación inicial hasta la consolidación en el empleo, permite identificar con mayor precisión las barreras, reforzar competencias y generar las condiciones necesarias para una inserción laboral estable y sostenible.

En palabras de Begoña Bravo, «el acompañamiento a las mujeres en situación de vulnerabilidad debe ser transversal y continuado. No comienza ni termina en el acceso a un puesto de trabajo, sino que se extiende a lo largo de todo el proceso de inclusión, incluyendo el mantenimiento del empleo. Este seguimiento permite anticipar dificultades, reforzar la confianza y garantizar que la incorporación al mercado laboral se traduzca en una inclusión real y duradera».

Francisco Mesonero, director general de la Fundación Adecco, concluye que: «Resulta imprescindible avanzar desde una lógica de corresponsabilidad entre los distintos agentes sociales. La Administración Pública debe reforzar e impulsar políticas activas de empleo eficaces, inclusivas y adaptadas a las realidades de las mujeres en situación de vulnerabilidad; las empresas han de integrar de forma decidida estrategias de diversidad, equidad e inclusión (DEI) que eliminen barreras en el acceso, la permanencia y la promoción del talento femenino; y el tejido asociativo debe seguir desempeñando un papel esencial de acompañamiento desde la cercanía, ofreciendo apoyo personalizado, continuidad en los itinerarios y una atención integral que facilite una inclusión laboral real y sostenible».

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